» TESTIMONIO
“No podía hablar del Evangelio sin ponerlo en práctica”
Líbano | Jihad Kozah
Cuando la guerra obligó a miles de familias a abandonar el sur del Líbano, muchos buscaron refugio en el valle de la Bekaa. En Deir el Ahmar, Jihad Kozah y su familia decidieron abrir las puertas de su hogar a quienes lo habían perdido todo.
Su historia muestra cómo, incluso en medio del sufrimiento, la fe y la caridad permiten a la Iglesia permanecer junto a los más necesitados.


Acoger al hermano en medio de la guerra en Líbano
Durante los primeros días del gran desplazamiento provocado por la guerra, numerosas familias llegaron al valle de la Bekaa huyendo de la violencia en el sur del Líbano. Muchas no tenían un lugar donde refugiarse y pasaron la noche en coches o en espacios abiertos frente al arzobispado. Jihad Kozah veía llegar a personas que huían del sur sin saber cómo reaccionar. Al principio, sintió miedo ante la responsabilidad de abrir su casa a desconocidos.
«Esta no es mi guerra. ¿Qué tengo yo que ver con esta situación? ¿Quiero asumir la responsabilidad si los llevo a mi casa?».
Reconoce que, en aquellos primeros momentos, intentó mantenerse al margen del sufrimiento que veía a su alrededor.
«Empecé a decir: ‘No quiero ver a nadie’. En realidad, estaba huyendo de las palabras de Cristo: ‘Fui forastero y me acogisteis; tuve hambre y me disteis de comer'».
La situación cambió una noche, cuando la madre de Jihad conoció a una familia que dormía en un coche con una niña de menos de un año. La presencia de aquella pequeña conmovió profundamente a la familia: «Tiene una niña en el coche y quiero que duerman en nuestra casa», le dijo a su hijo. Aquella misma noche fueron a buscarlos y les ofrecieron refugio.
Una casa transformada en hogar
Lo que comenzó como el refugio de una sola familia, pronto se convirtió en algo mucho mayor. Con el paso de los días, Jihad acogió a cuatro familias desplazadas. Era plenamente consciente de la responsabilidad que implicaba abrir las puertas de su casa a quienes huían de la guerra.
«Sabía desde el principio que, una vez que los llevara a mi casa, asumía la responsabilidad por ellos. Si alguien venía a atacarlos, los protegería. Moriría antes que ellos».
Con el paso de los días, la preocupación ya no era el miedo, sino cómo garantizar agua, comida y lo necesario para todos.
«Empecé a proporcionar las necesidades básicas. Éramos cuatro familias. Hicimos lo que un cristiano debe hacer. Al final, soy cristiano y no puedo huir cuando llega la verdad, ni hablar del Evangelio sin ponerlo en práctica».


El Evangelio puesto en práctica
Jihad agradece que fuera su madre quien dio el paso decisivo: «El mérito es de mi madre. Yo estaba huyendo, pero aprendí mucho de esta experiencia».
No esperaba reconocimiento alguno por su gesto. Su única esperanza era que la guerra terminara y que las familias desplazadas pudieran regresar a sus hogares: «No pedimos agradecimiento ni recompensa alguna, sino la misericordia de Dios y que las personas regresen a sus casas».
Para Jihad, esta experiencia cambió su manera de entender la fe. Acoger a las familias desplazadas le mostró que el Evangelio no es solo una enseñanza, sino una llamada a ponerse al servicio de los demás.
La experiencia también dejó una huella profunda en toda la familia. Su madre resume así la convicción que los llevó a abrir su hogar:
«Todo ser humano está hecho a imagen de Dios y debemos amarnos unos a otros. Cristo dijo: ‘Amaos los unos a los otros como yo os he amado’. Esta es nuestra fe».
Gracias a tu ayuda, la Iglesia sigue siendo refugio para los desplazados
Tu ayuda permite que familias y comunidades cristianas continúen siendo signo de esperanza para quienes lo han perdido todo.
Contigo, la Iglesia podrá seguir proporcionando ayuda a quienes han tenido que abandonar sus hogares.







