»TESTIMONIO:

La bendición del gran silencio, P. Pierluigi Maccali

Mali

› Después de dos años de su secuestro, el sacerdote rompe el silencio

Después de dos años de cautiverio en el desierto entre Níger y Malí, el misionero italiano P. Pierluigi Maccalli, que fue recibido por el Papa el pasado 9 de noviembre de 2020, contó su testimonio.

“Me resulta difícil hablar porque después de un largo período de silencio, me encuentro ahora en este mundo en el que prima la velocidad y la palabra”. Estas eran las primeras palabras del padre Pierluigi después de su puesta en libertad que vivió con mucha alegría y emoción, pero que también como un momento de confusión.

Todo comenzó el 17 de septiembre de 2018. “Había sido un lunes tranquilo. Había celebrado la eucaristía y cenado, después me había retirado como de costumbre para preparar la misa de la mañana. Cuando oí un ruido, pensé que sería alguien que venía a recoger medicamentos del almacén. Al salir, me encontré frente a hombres armados con fusiles que me ataron las manos a la espalda. Pensé que eran ladrones. Les di el dinero que llevaba encima, pensando que así se solucionaría la situación. Todo sucedió rápidamente. Me habían pillado de sorpresa y no estaba preparado para lo que me iba a pasar”.

Durante su cautiverio, los secuestradores lo trataron bastante bien. “Digamos que nunca me hicieron daño ni me pegaron. Bueno, hubo algunas palabras algo hirientes. Yo estaba preparado incluso para morir, pero constaté que esa gente me respetaba, me llamaban ‘el viejo’. Su objetivo era más bien convertirme al islam. Sentí presión psicológica pero no sufrí maltrato físico.

El religioso italiano cuenta que hubo varios momentos difíciles, sobre todo los largos días y noches de caminata por el vasto desierto a lo largo del río Níger. El P. Maccalli sintió entonces una angustia extrema, una gran soledad ante esa inmensidad. “¿Adónde vamos? ¿Dónde estamos?, preguntaba yo. Allí lloré, me sentí perdido. Y preguntaba: ‘Señor, ¿dónde estás?’ [Llora]. Nunca he tenido miedo, gracias a Dios, nunca me he sentido abandonado. Pero ¡sí!, clamé a Dios, me enfadé con Él, pero sentía que Él estaba allí, que era la única presencia que me sostenía”.

Sus días eran monótonos y el tiempo transcurría lento. “Tan pronto como me quitaban las cadenas, rezaba el rosario que me había hecho con un pequeño cordel mientras caminaba”.

“En la tarde del 6 de octubre, un hombre llegó en coche gritando: ‘¡Liberación!’ Así que nos fuimos el 8 de octubre después de la oración musulmana”.

Los rehenes fueron trasladados en coche y luego en avión al aeropuerto de Bamako. Allí se reunieron con el nuevo presidente de la transición, Bah N’Daw. El P. Maccalli dio las gracias a Dios y a las autoridades presentes. En la noche del 8 de octubre, los rehenes fueron trasladados en avión a Roma donde, finalmente, pudieron reunirse con sus familias y el P. Maccalli pudo celebrar la eucaristía: “Dos años de espera que llegan a su fin. ¡Por fin!”

El gran silencio es la experiencia que ha marcado profundamente al sacerdote. Experimenté cosas hermosas porque estaba en un gran silencio. Después de tantos años anunciando la Palabra, tuve que guardar silencio y entrar en el silencio de Dios. Comprendí que tal vez esa era mi misión. Era realmente el silencio del desierto, solo se escuchaba la música del viento que soplaba. Eso fue verdaderamente positivo, porque en el silencio se escuchan otras cosas. Mi compañía eran las estrellas, muy hermosas, muy brillantes. Por la mañana tenía que soportar el sol, que era abrasador, el calor y la sed. Sí he sufrido, pero el gran silencio es también una bendición. En él se recorre un camino interior que nos lleva profundamente lejos”.

Finalmente, el P. Maccalli transmite un último mensaje de paz:

“No guardo rencor a mis captores. Esos jóvenes son adoctrinados por videos de propaganda, no saben lo que hacen. Pero debe existir un camino no violento hacia la paz, que es el verdadero mensaje del reino de Dios. Debemos seguir obrando desde la paciencia y la humildad, sin violencia”.

 

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