En las garras de Boko Haram

› Rebeca, una madre de familia, pasó dos años de cautiverio con la milicia terrorista

29/09/2016

Por Gideon Obasogie, en Vida Nueva 23.09.2016

El dolor alcanzó a Bitrus y Rebeca el 21 de agosto de 2014, cuando Boko Haram asaltó su localidad, Baga. Con mirada seria y un sentimiento de honda tristeza, este matrimonio relata su calvario; el mismo que miles de víctimas llevan años sufriendo en Nigeria a manos de este grupo islamista.

Ese día, el matrimonio y sus dos hijos (Zacarías, de 3 años, y Jonatán, de uno) huyeron de su hogar. Ella estaba embarazada, pero perdió al niño seis meses más tarde debido a las condiciones infrahumanas a las que estuvo sometida durante su cautividad. Él no podía correr rápido porque llevaba a su hijo en brazos. Como creían que era el objetivo principal, Rebeca le rogó que los dejara atrás. Bitrus aceptó y se ocultó en los matorrales mientras los terroristas lanzaban disparos. Tras un rato, prosiguió la huida, pensando en lo que podría ocurrirle a su mujer. Mientras relata su historia, la mira con el rostro avergonzado.

Rebeca y Bitrus con sus hijos

Bitrus llegó a Mongonou, donde esperó 15 días. Pero su mujer no apareció. Él acabó en un hospital en Maiduguri, golpeado por pesadillas y un incesante dolor de cabeza. “He dejado atrás a mi familia…”, se repetía una y otra vez. Rebeca tampoco olvidará lo que le ocurrió entonces: “Cuando los milicianos me encontraron, me dijeron: ‘Tú y tus hijos vais a trabajar para Alá’. Después me golpearon con un arma pesada y me sacaron de cuajo varios dientes”.

Ahí comenzó su pesadilla. Tras matar a todos los hombres que habían capturado, los terroristas la trasladaron a ella y sus hijos al lago Chad. El agua les llegaba hasta el cuello. Tardaron seis días. Al séptimo, llegaron a Kwalleram. Allí permanecieron durante 53 días. Eran sus esclavos. “Luego –rememora– nos llevaron a mí y a mis hijos a Gurva, en Chad, por miedo a que escapara. En Gurva permanecimos 60 días. Trabajamos el campo y cortamos leña”.

“Me vendieron…”

En siguiente destino fue Tilma: “Me marcaron en la espalda con el número 69. Me vendieron a un hombre llamado Bage Guduma. Con él permanecí 55 días. Yo me resistí siempre; cuando quería tocarme, yo frotaba las heces de mis hijos contra mi cuerpo, y eso lo mantuvo alejado, aunque sus hijos me pegaban sin piedad. Me hicieron cavar un agujero durante tres semanas hasta que di con agua. Cada día me propinaban 98 golpes. Estuve enferma durante dos semanas. Me quitaron a Jonatán, mi segundo hijo, y lo lanzaron al lago Chad, donde murió ahogado”. Rebeca pronuncia estas palabras mientras las lágrimas recorren sus mejillas. Estas terribles cosas le pasaron por negarse a entregar su cuerpo.

“Malla –continúa el relato– fue el segundo hombre al que me entregaron. Me obligaron a acostarme con él y, cuando me resistí, me introdujeron en un profundo hoyo en el que me dejaron durante dos días sin comida ni agua. Cuando me sacaron, Malla me violó varias veces. Luego supe que estaba embarazada. Busqué Paracetamol y me tomé diez pastillas de golpe para librarme del embarazo. Pero no lo logré. Entonces una mujer, la esposa de un pastor que había sido secuestrada en Gwoza, me suplicó que no me quitara la vida. Ella ya tenía dos hijos de los terroristas. Casi morí de hambre. Di a luz en casa, sin nadie que me ayudara. Yo misma corté la placenta, sufriendo un gran dolor. Llamaron a mi hijo Ibrahim y lo aceptaron por ser varón. Después, me prometieron que me venderían a otro hombre”.

Rebeca no solo llora por lo que sufrió en su piel, sino por lo que vieron sus ojos en este tiempo de cautiverio: “Recuerdo a Benjamín. Quiso escapar, pero, tras ser interceptado, le rompieron las dos piernas y lo dejaron atrás sin ocuparse más de él. Mataron a algunos cristianos que se negaron a rezar con ellos. Violaron a niñas de ocho y nueve años, asfixiándolas con objetos en la boca hasta matarlas”.

La huida

Hasta que al fin llegó la luz de la libertad. Tras recibir el permiso de la mujer del comandante para ir a Maitele, una pequeña comunidad en torno a Chad, Rebeca y sus hijos caminaron durante seis días hacia la frontera nigeriana. Uno de los niños enfermó por falta de agua y comida, pero una tormenta los reavivó para seguir el viaje. Pese al destino incierto, Rebeca avanzaba confiada.

Llegaron a Diffa, donde se encontraron con soldados estadounidenses y de Níger. Estos atendieron a su hijo y les dieron algo de pan. Al poco los llevaron a Damaturu, donde había soldados nigerianos. “Ellos fueron maravillosos: me llevaron directamente a la ciudad de Maiduguri, junto a mi marido”, sonríe al fin.

Bitrus confiesa el alud de sentimientos que le invadió: “Ver a mi esposa con un hijo de un soldado de Boko Haram me da mucho miedo. Me alegré mucho de ver a mi mujer, pero el hijo me rompe el corazón. Ruego a Dios que me haga amarle… Sí, al hijo de una serpiente”.

Hoy, junto a más de 500 personas en su situación, la familia se encuentra en un campamento de desplazados de la Diócesis de Maiduguri. El obispo, Oliver Dashe Doeme, se ocupa de ellos. Rebeca necesita una buena atención médica, víveres para comer, ropa para vestirse, un buen alojamiento y una cama en la que reposar su atribulada cabeza… Poco a poco, gracias a la pastoral del cariño, ella y los suyos están saliendo adelante.

La fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada-ACN España ha financiado proyectos en Nigeria en el 2015 por más de un millón y medio de euros. Desde el 2014 ACN apoya también proyectos de ayuda de emergencia para refugiados víctimas de Boko Haram en Camerún y en Nigeria, también en la diócesis de Maidiguri.