La Iglesia en Nicaragua: unida y en pie

› Hemos viajado a Nicaragua para contarte cómo la Iglesia católica allí está trabajando con todas sus fuerzas. Trata de superar una gran crisis política, social y económica que la ha situado injustamente en el centro de la diana de todos los ataques por parte del gobierno del presidente Daniel Ortega

02/09/2019

ACN.- La Iglesia en Nicaragua abre un nuevo capítulo en su historia. La población nicaragüense inició en abril de 2018 una serie de manifestaciones contra las reformas del gobierno al sistema de seguridad social, lideradas inicialmente por los jóvenes. 

La represión por parte del gobierno de Ortega y la policía nacional a dichas protestas, han provocado una crisis nacional con alrededor de 300 fallecidos. Aunque es casi imposible tener cifras fidedignas, en los últimos meses hemos sabido por los medios de comunicación que sacerdotes y obispos habían sido atacados y resultaron heridos. Hay unos 600 presos políticos en toda Nicaragua. Y aunque resulta difícil estimar el número de desaparecidos, solo en Costa Rica se concentran 70.000 refugiados nicaragüenses, según la Asociación Nicaragüense pro Derechos Humanos.

Mons. Jorge Solórzano Pérez, obispo de Granada, Nicaragua, saluda a unas feligresas. (ACN)

Las imágenes del entonces obispo auxiliar de Managua Mons. Silvio Báez y del cardenal Leopoldo Brenes, en junio de 2018, levantando la custodia del Santísimo entre multitudes para proteger a su pueblo de las turbas en Masaya, dieron la vuelta al mundo. 

Un equipo de Ayuda a la Iglesia Necesitada ha visitado el país para acompañar, consolar y ayudar en todo lo posible a este pueblo nicaragüense. Las historias que recogemos en este boletín son todas reales, aunque por motivos de seguridad hemos ocultado en algunos casos las identidades. El testimonio, el juicio que hay detrás de los acontecimientos, es verdadero y aquí queremos compartirlo contigo.

Hemos ido a Nicaragua porque la Iglesia estaba gritando socorro. Es un país convertido en un régimen autoritario y personalista, donde la sociedad está amordazada y en muchos casos perseguida hasta la muerte. “Ser joven y católico en mi país es un delito”, nos decía un chófer universitario que nos hizo de guía.

La olla de presión social contra el régimen de Ortega explotó y la represión fue implacable, nos relatan algunos sacerdotes que en su día no pararon de llenar sus camiones de universitarios para esconderlos y salvar sus vidas.

Policías, francotiradores y paramilitares tomaron las calles para disuadir las protestas. Ir a Misa o a la reunión semanal en la parroquia suponía jugarte la vida. En algún caso “los militares entraron en misa y les dispararon a matar, apuntando a las cabezas, al cuello o al pecho”, nos comentaba este sacerdote roto de dolor.

“El Evangelio nos enseña que tenemos que abrir las puertas a los que son perseguidos y eso fue lo que hicimos. Nuestras iglesias se convirtieron en refugios, no en casas de planificación de la oposición, como el gobierno pretende indicar”, añade.

La Iglesia de Nicaragua nunca lideró una protesta política o social. Sólo salió a acompañar al pueblo, codo con codo. También estuvo para evitar daños mayores. Según uno de nuestros guías en el viaje, “nos pusimos rápidamente donde debíamos estar, por el pueblo”.