Un rayo de esperanza para los más pobres de la India

› Así se llama el colegio que dirigen las Hnas de la Caridad de Nazareth en estado de Bihar. Acogen y devuelven esperanza a los niños dalit y sus familias

27/04/2018

por Carla Diez de Rivera

ACN.- Rayo de Esperanza, así se llama el colegio que dirigen las Hermanas de la Caridad de Nazareth en Rajgir, distrito de Naranda, en el centro del estado de Bihar. Aunque no está a más de 100 km de Patna, llegamos cansados después de varias paradas en el camino, la primera en uno de los conventos de las Hermanas de la Congregación Reina de los Apóstoles. Allí asistimos a misa y compartimos con ellas el desayuno, mientas escuchamos hablar de su vocación y de su labor. Nos acogen con calidez y, a través de sus palabras, empezamos a comprender la callada y magna labor que llevan a cabo las religiosas en el noreste de la India.  Pero, la verdad es que, hasta que no las ves en acción, no acabas de captar plenamente lo que supone una religiosa en la vida de los niños dalits, de sus madres, de sus familias y de esa sociedad. 

Porque las religiosas en el noreste de la India se ocupan de los más pobres entre los pobres, los dalits. Ellas van a visitarles a los pueblos, dónde viven a las afueras en cabañas de barro o paja. Nos cuenta la Hermana Rose que, en esta zona existe el tráfico de niños y abunda el matrimonio infantil –casan a las niñas a los diez años-. Y que, entre los dalits, que viven en régimen de semiesclavitud, también hay subcastas, la más baja de los cuales la de los comedores de ratas, recorren los campos cazándolas para poder alimentarse. De ellos se ocupan: rezan con las madres, con sus familias, les enseñan e invitan a las madres a mandar a sus hijos al colegio.

No es tarea fácil, nos cuenta, porque en esta zona muchos son nómadas –constructores de ladrillos, que se van seis meses al año a trabajar a otra región-. “Tenéis que ver cómo llegan los niños al colegio, las hermanas tardan una semana en lavarles”. “Al principio se escapan y vuelven a mendigar”, pero las hermanas vuelven una y otra vez en su busca. A los padres les cuesta entender que las niñas deben ir al colegio. Para dar estabilidad, y una educación integral, tienen la residencia dónde los niños viven y crecen rodeados del amor de las hermanas. Poco a poco los dalits van experimentando el bien que les hace, y el futuro que les abre, a sus hijos el colegio y el poder vivir en su residencia. Ellas sonríen y acogen a todos: “Dentro de veinte años, las chicas que salgan del colegio, querrán mandar aquí a sus hijos, y eso ayudará a transformar la sociedad”.

El Chetanalaya Center es un milagro: un oasis de paz, orden, luz y vida. Plantas a los pies de la Virgen del jardín, que vestida con un sari nos ofrece al Niño Dios, y a la que acuden niños y mayores: “Nuestra Señora es nuestra guía”, nos dice la Hermana Rose; el bullicio de los niños con sus uniformes verdes; los chancletas de colores alineadas en el borde de una tiendita de plástico dónde esperan los niños para hacernos su función de bienvenida; las canciones, la música, las risas; los niños en cola con sus platos de metal para coger el arroz de la comida; las ocas que atraviesan el jardín… Sí claro que son un rayo de esperanza para niños sin futuro.

Dentro del convento de las hermanas, un Sagrado Corazón muy colorista y Nuestra Señora del Perpetuo Socorro presiden la estancia dónde comemos. Entre perplejos y admirados vamos escuchando la historia de la Hermana Rose. Lleva veinticinco años en la zona, pero hasta que se construyeron el convento y la escuela no han podido establecerse físicamente las hermanas. En sus visitas a los pueblos veía a muchos niños dalit con Polio que no podían andar y decidió dedicarse a ellos. Les fue rescatando de los establos y, además de darles tratamiento -es doctora y fisioterapeuta- decidió darles también una educación. Ciento cincuenta niñas con minusvalía han pasado por sus manos, noventa de ellas tienen ya pequeños trabajos.

Hay casos muy destacados, como el de Prigar. Como era muy buena estudiante, la mandaron a un buen colegio de secundaria, le dieron educación superior y, una vez formada, volvió con ellas. Al principio llevaba las cuentas, pero “ya está capacitada para dirigir ella el colegio”. Además, está casada con un hombre normal y tiene un hijo.

Al ver la paz y serenidad que se respira allí dónde están; al ver la fe, la pobreza  y la dignidad de las hermanas que van a las casas, rezan con las mujeres, acompañan a las familias, enseñan a rezar a los niños y les educan, comprendo por qué las religiosas del norte de la India son ese rayo de luz que abraza, sana y da esperanza y dignidad a los hijos más pequeños y queridos de Dios, haciéndoles conscientes precisamente de eso: que son hijos de Dios.

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